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A priori el planteamiento es más que interesante: un acercamiento al tratamiento de la mujer en los principales filmes dirigidos por Alfred Hitchcock. Hitchcock, además, es bien conocido por las difíciles relaciones que mantuvo con algunas de sus actrices protagonistas, casi siempre rubias, casi siempre sofisticadas y casi siempre también objeto del acoso más o menos carnal, más o menos psicológico del orondo cineasta británico. La leyenda incluso ha servido como telón de fondo para la reciente “Alfred Hitchcock” (Sacha Gervasi , 2012) telefilme con más presupuesto de la cuenta por el que desfilan Scarlett Johansson, Anthony Hopkins, Jessica Biel o Helen Mirren y en el que lo más salvable es precisamente la descripción de la relación entre el rey del suspense y su sufrida esposa, reverso femenino de las Grace Kelly, Vera Miles o Tippi Hedren de turno.

Ese es el movedizo terreno que pisa Serge Koster, periodista y profesor de literatura de origen francés que, está claro, a sus 75 años tiene una percepción del mundo mucho más cercana a la del objeto de su estudio que a la nuestra. Y el mundo ha cambiado, lo hace casi cada día a marchas forzadas. Por eso, y más allá de su alambicada prosa mucho más interesada en la interpretación psicoanalítica que en el dato objetivo, hay algunas sentencias de Koster que inevitablemente provocan el chirriar de dientes. Un ejemplo a propósito de “La ventana indiscreta” y la relación entre los personajes encarnados por Grace Kelly y James Stewart: “Vista por detrás. Desnuda debajo. ¿Quién no se excitaría? ¿A quién no obnubilaría la impaciencia de vérselas con el ‘bagaje’ de la rubia? Descoser las costuras, olfatear el maquillaje, el culo al aire, todo en desorden. Hay uno que , al menos en apariencia , se queda de piedra o, más bien, de escayola: James Stewart, gentleman y reporter un pelín grosero. ¿Grosería debida a su egoísmo de soltero o a su accidente? Él pretextará con un simbolismo equívoco: lo encadena el cilindro que aprisiona su pierna; ese enjaezamiento rígido tiene algo de provocador para la dama, que puede verlo como un impresionante consolador erecto por el deseo y por su represión”. Cualquiera diría que tras cincuenta años dedicado a la enseñanza Koster se rebelara en un momento en que ya no tiene nada que perder para descubrir su verdadera vocación en la vida: redactor de una revista porno con ínfulas literarias. Y es que en su intento de mostrar una nueva dimensión al maestro Hitchcock lo vulgariza cuando no lo sitúa al borde del Código Penal. Y, lo que es aún más imperdonable, lo hace con un texto tirando a aburrido.