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El controvertido ensayo de Lenore puede suscitar toda clase de valoraciones, en un amplio espectro que se divida en tantas gamas como opiniones personales se puedan generar. Es obvio, y está bien que así sea. Lo que no se le debería negar, independientemente de la solidez variable de sus argumentos, es su condición de estímulo para incentivar un debate que ya se venía esbozando desde algunas tribunas mediáticas (más a título personal que de ninguna cabecera), y que cobra por vez primera en nuestro país forma de trabajo ensayístico.

Como toda obra concebida como enmienda a la totalidad, asume unos cuantos riesgos. Nada menores, por cierto. Hay algunas generalizaciones harto discutibles, unas cuantas analogías que cojean y, sobre todo, la sensación de que, más allá de lo sensacionalista de su titular (que no representa al cien por cien su contenido, ni mucho menos), la radiografía trazada tiende a representar como mayoritarios unos usos y costumbres que, en el pálpito de la calle, seguramente no lo sean tanto. No así en el de los medios de comunicación: otro cantar, y seguramente el apartado en el que el autor hila más fino.

En el fiel positivo de la balanza hay que anotar la profusión de datos reunidos para sustentar la tesis de fondo, un sentido de la autocrítica que muchos no han querido observar (quizá la vehemencia del converso tenga también algo que ver) y el don de la oportunidad para avistar el momento preciso, el timing perfecto para la publicación de un libro de esta índole. Porque soplan vientos de cambio desde hace tres años en este país, en más de un sentido. Y su anhelante conclusión tiene mucho que ver con eso. Un ensayo, pues, tan debatible como tremendamente vigente. E incluso necesario.