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Con esta obra, Epelde ganó en 2012 el XXI Premio SGAE de Teatro. Dos años después, por fin ha sido publicada. Tras su lectura, podemos afirmar que como el título de esta original e innovadora pieza teatral, el orensano se encuentra efectivamente, en un permanente estado de gracia. De hecho, este artista multidisciplinar, que además de escritor también es músico (tal vez algunos le recordaréis formando parte de bandas como Agentes del Orden o Modulok, o por sus trabajos en solitario bajo el nombre de Raposo) y ha desarrollado su talento en campos como el cine y la fotografía, no para de acumular premios y reconocimiento. Los más importantes, siempre dentro del campo de la dramaturgia. Así, al igual que ocurriera con “Estado de gracia”, Epelde ha vuelto a conseguir el Premio SGAE de Teatro en el 2014 con “Drone” y anteriormente, destaca también el Premio Tirso de Molina que obtuvo en 2011 por “Ud. no está aquí”.

Tras leer la obra que aquí nos ocupa, disfrutando de la riqueza lingüística que destila el autor en sus descripciones –“Son tan diferentes a los espectadores y tan similares entre sí, que parece como si Dios los hubiese olvidado fuera del horno al cocer el barro”-, sufriendo con el heroico patetismo de unos personajes que retratan a la perfección nuestros propias miserias y virtudes, degustando la ironía y agudeza que puebla sus páginas –“Los chivatos siempre cuentan o contienen algo malo”-, sorprendiéndonos con los inteligentes recursos con que Epelde nos hace viajar del pasado al presente y de la locura a la cordura, y sobre todo, manteniéndonos en vilo con una trama que atrapa de principio a fin; no nos sorprenden lo más mínimo ni los premios ni las buenas críticas recibidas por este escritor.

Las ansias de Emi (uno de los personajes principales de la obra) por descubrir quienes fueron realmente sus padres, sirven de excusa al autor para hacernos transitar por dos épocas tan distintas y cercanas a la vez, como la actual y la de la Movida allá por los años ochenta. Para introducir sus impresiones sobre la crisis política, social y económica que vivimos en nuestro país. Para desarrollar un crudo y asfixiante microcosmos en el que se mezclan los personajes de ficción con personajes reales que bajo la óptica de Epelde cobran nueva vida más allá de la suya –Alberto García Alix, Paloma Chamorro, Iván Zulueta-. Para reflexionar sobre el arte, y como no, para introducir todo tipo de referencias musicales –Elvis, Morrison, Mercury, Bowie, Hendrix…- que incluyen hasta alguna que otra curiosa lista de éxitos de años pasados.

En definitiva, y como acertadamente reza el subtítulo de esta obra, “Estado de gracia” es una historia por amor al arte, que con su lectura te proporcionará ese tipo de placer que perdura y se aferra a tus entrañas, por nacer del dolor, de la oscuridad y de las profundidades misteriosas e insondables del alma humana.

Decididos a rebajar los bpm’s de sus canciones, antes frenéticos himnos para la pista, los bilbaínos se acercan más que nunca al sonido Madchester al entregar “Great State”, cinco nuevos temas que son toda una incitación al baile perezoso y a seguir creyendo en el potencial de la banda.

We Are Standard ya tenían un hit aún antes de llamarse We Are Standard. Aquel “On The Floor” que encabezó su primera (y única) demo, “Golden Section” (2004), sorprendió a propios y extraños por su gran pegada y sonido dance-rock, tan habitual en la música anglosajona, pero no tan presente en el imaginario de nuestra escena. Una canción, aquel single primerizo, que marcó todo lo que vendría después para el grupo nacido en Getxo bajo el nombre de Standard.

Dos álbumes, “3000V 40000W” (2006) y el homónimo “We Are Standard” (2008) –que marcaría el cambio de nombre de la banda-, más sendos discos de remezclas, dejaron claro que las intenciones del combo eran las de poner patas arriba la pista de baile a base de guitarrazos, potentes percusiones (dos baterías, recuerden) y bases programadas. Sin embargo, con la publicación de “Great State”, un mini álbum de cinco cortes, parece que la intención ha sido otra. “Sí, hemos buscado un cambio, ya que queríamos seguir mejorando, seguir aprendiendo y seguir creciendo para hacernos más grandes”, confiesa Deu Txakartegi, vocalista del grupo. “Hemos buscado que todo sea más musical, más completo, por lo que no nos hemos cortado a la hora de producir y buscar arreglos que hicieran los temas más gloriosos”, aunque esto signifique alejarlos de las discotecas contemporáneas. De todas maneras, las nuevas canciones de WAS siguen siendo un perfecto pretexto para mover el esqueleto, aunque sea ahora de un modo más cadencioso, perezoso si se acepta el calificativo. Un nuevo sonido que bien podría emparentarse con el de las raves de finales de los ochenta y bandas como Happy Mondays, James, Inspiral Carpets y, claro, The Stone Roses. ¿Hemos dicho Madchester? “Manchester es una clara influencia, tiene y ha tenido un montón de bandas que nos gustan, lo cual se nota más que nunca en este disco”, confirma el cantante. Juan Escribano, uno de los dos guitarristas, añade: “como con las bandas del catálogo de Creation Records, conjugar rock y música de baile es lo que nos sale de manera más natural”. Algo que ya hicieran tiempo atrás los ahora reunidos The Stone Roses. “Sería un sueño, tanto para ellos como para nosotros, el tocar juntos”, afirma con algo de ironía D.W. Farringdon, el batería superviviente en el grupo tras causar bajar Javi Letamendia, ex El Inquilino Comunista (su lugar lo ha ocupado el ex Nudozurdo Jorge Fuertes).

Y, hablando de nombres propios, podríamos citar a Ian Brown, a Tim Booth o incluso a su tocayo Tim Burguess para hacernos un poco a la idea de cómo canta Txakartegi en esta nueva entrega. Él asegura que “no podía seguir cantando igual, tenía que evolucionar y buscar otras cosas. Aprendimos mucho en Londres con Andy (Gill, de Gang Of Four y productor de su anterior LP), sobre todo el tema de las voces y cómo trabajar las melodías. Eso me ha ayudado”. Por cierto, que para “Great State” los vizcaínos no han contado con productor de campanillas. Ha sido el propio grupo, con Jon Aguirrezabalaga al frente, el responsable de esa labor en los recién estrenados estudios El Tigre, propiedad del espigado y humilde guitarrista, quien le quita peso al asunto. “Ha sido más una cuestión de organización que de producción en sí. A la hora de meter arreglos hemos colaborado todos. Yo, sobre todo, he intentado que se cumplieran los plazos”. Su compañero a las seis cuerdas apela a la modestia de su camarada y apunta: “hay mucho trabajo de sonido detrás del disco, y eso ha sido gracias al trabajo de Jon, aunque también de Xabi Eguia, nuestro técnico de sonido”.

Un sonido que ya fue mostrado a los medios de comunicación en la presentación del disco en la sala El Sol de Madrid (algo que Deu define como “un examen de Factor X”) y en la actuación del grupo en Donostia, donde tocaron con Primal Scream en Kutxa Kultur Festibala. Y de festivales irá la cosa el año próximo, cuando esperan “dejar de tocar a las tres de la mañana para pasar a hacerlo a las diez o doce de la noche como cabezas de cartel”, afirman entre risas. Quizá hayan sido demasiados los shows a horas intempestivas, algo derivado de la anterior propuesta del grupo, ideal para quemar zapatilla y cerrar sudoroso un festival. De lo vivido en noches de esas va el single “7:45 (Bring Me Back Home)”, una de los mejores canciones de la carrera de WAS (atención especial también a “Good Ones”) y ¿una de las canciones del año?

 “Great State” está publicado por Mushroom Pillow. We Are Standard estarán actuando en Madrid dentro de la Black XS Rockstar Night el próximo 7 de diciembre junto a DeVito.

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