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La belleza tras a locura: el ingrediente inasible del que brota la verdadera creación artística o un recurso más de catálogo en la era del marketing o la era del esfuerzo. The Weeknd, artista de este tiempo en el que las décadas parecen fundirse unas con otras sin solución de continuidad, juega a las ambivalencias, conquista la luz y los billetes desde lo oscuro y lo misterioso y ejerce de centrifugadora inteligente y desprejuiciada entregando con ‘Beauty Behind The Madness’ un recauchutado de referencias actuales con una factura ciertamente moderna y, por momentos, irresistible. Sin componentes peyorativos, el concepto de modernidad es plausible y hasta necesario; el de actual, por sí solo, no tanto. Se puede ser actual sonando a Drake y se puede ser moderno sonando a Michael Jackson y Prince. Ningún supuesto se toca necesariamente con el otro. Y en el que es oficialmente su segundo álbum —flamantemente acomodado en la primera posición del Billboard 200 en su semana de lanzamiento—, el canadiense Abel Tesfaye demuestra ser actual y demuestra ser moderno con la naturalidad con la que la hierba nace tras dos noches de lluvia sobre tierra abonada.

Causalidad y conjunción natural o inteligencia, talento y marketing, el triángulo virtuoso con el que hacer confundir lo vivido y lo imaginado, lo real y lo contado. En The Weeknd se sintetizan una vida personal de innegable interés para el público amorfo y horizontalizado por la tecnología y los medios (ascendencia etíope, rechazo juvenil de las instituciones, escarceos con el menudeo callejero, el atractivo del artista anónimo y en ocasiones antipático o, directamente, tramposo), un evidente don para construir un epítome de la música negra del siglo cada vez más pasado y una propuesta esquiva y renovadora respecto a los ángulos más anquilosados de la industria musical tradicional (comunicar únicamente a través de Twitter, optar por los lanzamientos digitales, editar a través de sello propio, renegar de la idea clásica de álbum). El resultado es incontestable. Esto va de hacer cosas que molen y, una vez que lo tienes, si es posible, conseguir también que perduren. Veremos si The Weeknd consigue lo segundo. Para lo primero le llega de sobra. Todo es viejo, pero todo es nuevo. Se habla de PBR&B, R&B alternativo o R-Neg-B para actualizar una propuesta que en lo musical recopila y renueva. Hay tratamiento por encima de la búsqueda del single. También se siembran las letras de niggas, bitches o pussies, porque así es como se habla, y es pijo y es de la calle, o un poco como retar a las miradas sucias de los oídos puritanos, y se insertan referencias al consumo de drogas de recreo o se muestran las llagas de historias de amor que no fue o que no podrá ser en letras desacomplejadamente sentidas o cargadas de malotismo soft. Todo es salirse de lo marginal desde la retórica de lo políticamente incorrecto, derribando las categorías del catálogo conocido hasta acabar colocándose arriba, al frente. No es del todo lógico, si seguimos la lógica del mercado, pero en todo este batiburrillo en el que vivimos hay algo que permite que suceda, y eso debe celebrarse.

En este caso, eso sí, están todos los nombres propios. Desfilan Kanye West, Lana del Rey, Labrinth, Ed Sheeran, pero sobre todo sobresale la voz de un Tesfaye en estado de gracia en la interpretación profunda, en el falsete y en la batidora coral. Todo acompañado por la programación adecuada; a veces, enriquecida y orquestada (curiosamente, los momentos más prescindibles del álbum); a veces, económica y certera. ‘Real Life’, ‘Tell Your Friends’, ‘The Hills’, ‘Prisoner’ o ‘Acquainted’ se convierten en bombas de baja intensidad pero altamente expansivas gracias a bases infladas hasta correr el riesgo de meterse en problemas y gracias también a un repertorio de patrones y fills deliciosamente robados a la tradición Akai y hip hop. Pero si levantamos un poco la mirada acabamos hablando de pop con diversos grados de luz (‘In The Night’, ‘Dark Times’), de melancolía pop (‘As You Are’, ‘Angel’), de disco de salón (‘Can’t Feel My Face’) y de un nuevo mainstream que lo mismo se cuela en la banda sonora de ’50 Sombras de Grey’ (‘Earned It’) como juega en el límite de lo radiable por los canales esclavizados por la publicidad (“Who’s gonna fuck you like me”, suena como agua de mayo en esa loquísima revisitación del hit convencional que es ‘Shameless’).

The Weeknd representa la belleza tras la locura que es vivir hoy, en un momento en el que el talento aún se reconoce y las referencias se pueden malear y maltratar mientras demuestres que las tienes y das pasos mirando hacia delante. Y es bello y es muy loco que exista algo que permita y hasta provoque que una propuesta con normas propias, no importa si tramposas, se acepte y se celebre a gran escala. Siempre que siga habiendo algo que esté bien hecho, aunque ya no importe cómo.

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