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Confieso que en el momento de enfrentarme al folio en blanco he acudido desesperadamente a Internet en busca de una cita que hiciera referencia a la música pop y le diera cierto poso intelectual a este comentario sobre el segundo álbum de Chvrches. Me parecía necesario porque -al contrario de lo que sucede en el terreno del “mainstream,” donde una melodía gloriosa no sólo conduce al éxito sino que se aplaude como genialidad- en el ámbito de lo “alternativo” los artistas y sus obras de referencia parecen necesitar de un punto extra de credibilidad, ya sea rockera, bien por contar con una historia traumática detrás o porque el artista en cuestión se haya erigido en representante de una etnia/comunidad en apuros. Por supuesto que eso no siempre ha sido así: la mayor parte de las más representativas bandas surgidas en los años dorados de la independencia, desde The Smiths a Depeche Mode, construyeron su prestigio a base de gigantescas canciones pop que el paso de los años convertiría en clásicos. Ese era, por encima de cualquier otra cosa, el hecho diferencial.

Chvrches son grandes conocedores de esa tradición, no en vano sus tres componentes llevan desde hace años inmersos en la rica escena musical de Glasgow formando parte con mayor o menor fortuna de diversas bandas. Y aunque mucho se ha hablado de las despechadas letras de esa periodista metida a estrella del pop que es Lauren Mayberry , lo cierto es que versos como “I’ll go my way if I’m going at all” (“Never Ending Circles”) o “I know I need to feel released. Take care to tell it just as it was” (“Leave A Trace”) tampoco revelan mucho más que un notable ejercicio de estilo literario a partir de uno de los estándares más resobeteados a la vez que efectivos en la Historia de la música pop: el orgullo herido. La lección está bien aprendida.

Lo que llamó la atención de Chvrches desde su mediática aparición allá por 2012 fue la capacidad de atrapar esos clichés en un formato cercano al tecnopop, género que la comunidad “alternativa” ha arrinconado progresivamente en beneficio mutaciones más sofisticadas –Grimes, FKA Twigs, la misma Björk– pero rácanas a la hora de ofrecernos un estribillo que echarnos a la boca. Y han sido precisamente artistas de corte “comercial” –Robyn, Sia, Lorde, Icona Pop y hasta la Taylor Swift reconvertida en icono pop- quienes han reivindicado para sí formas y sobre todo las hechuras de aquellos grandes éxitos de los ochenta, cuando definitivamente la electrónica tiñó de sonidos sintéticos los superventas. Se entienden en ese sentido las referencias constantes que “Every Open Eye” está generando en esa dirección….

En la entrevista de portada del MondoSonoro de septiembre precisamente Lauren explicaba que el secreto del éxito del grupo radicaba en fusionar el componente tecnológico y la humanidad que aporta su voz. En “Every Open Eye” ese contraste se hace todavía más evidente que en “The Bones Of What You Believe”, donde los efectos y la superposición de pistas terminaron ahogando el potencial de algunas canciones. Liberados de todo ese andamiaje, el grupo está preparado para dar un paso al frente y poner una segunda pica en Flandes, aunque parece poco probable que Chvrches entren a jugar la liga de nombres como los anteriormente citados: el férreo control que mantienen sobre las decisiones artísticas y el modo en que se ha grabado “Every Open Eye” -de nuevo en su propio estudio de Glasgow sin ayuda de productores externos y manejando los tiempos con bastante calma- no invita a pensar que ese sea su principal objetivo ni el destino que les espera como grupo.

Pero más allá de las elucubraciones sobre el futuro comercial que les espera, el impacto inmediato de temas como el citado “Leave A Trace”, “Keep You On My Side”, “Make The Gold”, “Clearest Blue”, “Empty Threat” o “Bury It” convierten a “Every Open Eye” en un campo de minas siempre a punto de explotar (en el buen sentido), en una carrera de hits a la que cada vez estamos menos acostumbrados el público de lo “alternativo”. El tema interpretado por Martin (“High Enough To Carry You Over”, a medio camino de Heaven 17 y Prince), esa preciosidad que es “Down Side Of Me” donde le sacan partido al autotune y la etérea balada final (otro motivo más para vincularles con Julee Cruise antes que con las divas de la canción ligera actual) son signos de puntuación para un álbum que contiene emoción a borbotones travestida de “music for the masses”. Empiezas buscando cómo justificarte y terminas arrollado por 40 minutos (once canciones) que desde una posición mucho más modesta dicen tanto o más de lo que es la música en 2015 que las recientes obras magnas de Sufjan Stevens o Kendrick Lamar. Por bastante menos aplaudimos con las orejas.

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