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Dr. Dre ha tardado dieciséis años en publicar su tercer disco. El productor/artista más importante del rap de la historia andaba demasiado ocupado con sus labores tras los controles, con sus negocios de auriculares y demás gadgets de sonido. Y no pintaba bien la cosa tras desechar “Detox” tras once años trabajando en él y adelantar un par de singles horribles. Por eso, cuando se anunció el biopic sobre la banda de rap más peligrosa de la historia, NWA, nadie sospechaba que ese sería el punto de inflexión que llevaría a Dre a componer nueva música.

El hombre que dictó como debía sonar el gangsta rap, el g-funk, etcétera, nos muestra en este disco inspirado en “Straight Outta Compton” un brillante camino de futuro. Mira hacia su pasado para buscar la inspiración, se rodea del mejor presente (Kendrick Lamar, Mez o Focus) y puliendo su historia entrega su “grand finale”, como él mismo afirmó en una reciente entrevista. Su forma de rapear es casi irreconocible, más ligera y a la vez oscura. Además, este rey Midas del rap se permite el lujo de sacar brillo a las rimas de los “ghost writers” de turno y sobre todo de demostrarnos que Snoop Dogg y Xzibit no están acabados. El primero nos ofrece su mejor canción en años, la tremenda “One Shot One Kill”, el segundo demuestra que aun hay esperanza con él con una brillante “Loose Canyons”. Por encima de ellos solamente nos encontramos al mesías, a un Kendrick Lamar que es el jodido Mohammed Ali del rap. Vuela como una mariposa y golpea como un cabronazo. Anderson Pak y Ice Cube también brillan en la genial “Issues”. Lo cierto es que Dr. Dre es un caníbal musical que se alimenta de todo lo que hay a su alrededor, lo asimila y nos lo devuelve de una forma tan bella que deslumbra. Van cayendo las canciones y el listón sigue muy alto. “Deep Water” con Justus plantando cara a Lamar o “Medicine Man”, con un al fin inspirado Eminem, son algunas muestras, pero hay mucha más chicha entre la que elegir. No sobra nada. Quizás el único pero del disco sea el aire de tristeza y melancolía que lo envuelve todo.

Saber que “Compton” es el coda de la carrera de Dre hace que nuestros oídos intenten asimilar cada nota. Con el eco de “Talking To My Diary”, el tema más personal de quizás toda la carrera de Dr. Dre, se cierra el disco. Acabar así es la mejor manera de decir adiós. Y ademas con 295.000 copias vendidas en Estados Unidos en la primera semana y un número dos del Billboard. Tres discos, tres obras maestras. Dr. Dre es el puto amo.

 

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