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No nos engañemos, Mercromina eran buenos, pero les faltaba algo. O igual les sobraba. El caso es que veíamos el lado positivo de su música, pero siempre quedaba en el fondo un regusto amargo que no dejaban sus canciones, sino esa manera de encajar ciertas palabras con calzador, y de huir de la sombra de Surfin’ Bichos, y caer en caminos eléctricos potentes, pero demasiado transitados por otros que arrastran menos fantasmas del pasado. Serán cosas del tiempo y de la experiencia, pero por fin han conseguido un lenguaje propio con «Canciones de andar por casa». Ya da igual que Joaquín tuviese más o menos peso compositivo en Surfin’ Bichos. Sería una discusión estéril. Porque ha agrandado tanto su sonido, que se queda en el filo de lo ridículo, pero en el filo… en el que dice en letras grandes: sublime. Electricidad desbocada, la justa. Toneladas de sentimientos y de matices. Y unas letras que ya no son las de un fingidor. Igual antes tampoco lo eran, pero lo parecían. Igual ahora es cuando nos engaña, pero a Mercromina le ha salido un disco verosímil, emocionante, y muy veraz. Pone los pelos de punta por lo terrible de algunas de las imágenes, y por la sensualidad desnuda de otras. Bienvenidos a casa.

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