“Eh… Disculpad. Igual echo alguna tos… pero diremos que es parte de la interpretación”, se sinceraba risueño Ivan Ferreiro, sentado al piano. El gallego andaba tocado del pecho y, aunque su carraspeo no se dejó notar a la voz, su constipado fue anécdota recurrente, colateral. También transversal fue el vendaval sónico de su banda, en gracia: hasta cinco miembros, entre ellos, soberbio, el gestual Xavi Molero a la batería. Ferreiro y compañía firmaron de inicio contrato con la hinchada: una balada sostenida y karaokera para vosotros y una de pulso shoegazer para nosotros. La tos, la banda… los temones, los temones también fueron constantes, aunque estos ya los traía de casa gracias a este bienhallado “Vals Miñor-Madrid: historia y cronología del mundo” que fiscalizó parte del bolo, en consenso con batallas pasadas: “Turnedo”, “El equilibrio es imposible” (sin Santi Balmes) y otros ineludibles de Piratas.

Y puestos a hablar de constantes, un molesto eco en la voz de Ferreiro machacó las partes más mansas del concierto; en especial en las versiones acústicas de “1999” o “Vidas Cruzadas”. Cof, cof, cof. Casi prefería la tos, oigan.