Sexta edición del Irún Rock Jaialdia. Sexto peldaño que asciende este festival en la escalera que le ha llevado a consolidarse como una referencia, no ya sólo en el País Vasco, sino en todo el territorio nacional. Su apuesta sigue siendo clara: propuestas de calidad siempre dentro del ámbito del rock, en el sentido más amplio del término: pop rock, indie rock, folk rock… todos los estilos tienen cabida en Irún, como bien pudo constatarse en el variado cartel de este año.

Durante todo el fin de semana se celebraron actuaciones en la calle, y el sábado tuvo lugar en Ficoba un concierto compartido por seis grupos que constituyó el acto central del festival. El cuarteto donostiarra Albert Cavalier fue la primera banda en salir a escena. En realidad sustituían a Bullet Proof Lovers, que a última hora tuvieron que suspender su actuación. Curiosamente el día anterior también habían sustituido a Havoc en el concierto de la plaza San Juan, así que pasaron de no estar programados a tocar dos días seguidos. En Ficoba saludaron a los asistentes, todavía escasos, y prometieron hacerles pasar un buen rato. Tras sesenta minutos de melodías brillantes ejecutadas con brío y aplomo, a la manera de las grandes bandas independientes de los 90, se puede decir que cumplieron su promesa.

El segundo grupo en actuar fue Guadalupe Plata, que invocando al espíritu de Hound Dog Taylor desplegó en Ficoba su blues oscuro, ruidoso y abrasador. Muchos se sorprendieron ante el peculiar aspecto del bajo que utilizaban, el conocido como “bajo washtub”, que se empleaba en el folk americano más primitivo. Es en esos estilos y épocas donde se hunden las raíces de Guadalupe Plata. Los jienenses ofrecieron una actuación explosiva, sin respiros ni fisuras.

Había expectación por ver en directo a Nacho Vegas, que todavía no había presentado en tierras vascas “Resituación”. Como era de esperar, el asturiano no defraudó. El repertorio estuvo formado por sus temas más enérgicos (‘Adolfo Suicide’ o ‘Perdimos el control’), quedando fuera del mismo otras canciones como ‘Ocho y medio’ o ‘El ángel Simón’, que llevan ya varios años en barbecho y que posiblemente no encajen tan bien en el bullicio de un festival. Sea como fuere, Nacho ofreció una actuación intensa, donde destacó la inevitable ‘El hombre que conoció a Michi Panero’ y, muy especialmente, ‘La gran broma final’. Esta fue la última canción de su concierto y nos mostró a un Nacho de ademanes inusualmente enérgicos, que abandonó su habitual pose hierática para gesticular, despechado, e incluso para arrodillarse sobre el escenario, ante un público totalmente entregado que pidió bises.

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Pero los tiempos estaban medidos y el viaje por el cantábrico debía continuar, y tras un asturiano llegaron unos gallegos que desde hace décadas son universales. Hablamos, claro, de Siniestro Total. Aparentemente su estilo gamberro está en las antípodas de la solemnidad de Nacho Vegas, pero realmente tienen más cosas en común de las que a simple vista pudiese parecer, como la ironía con la que abordan su desencanto social. Y así como Vegas había cantado minutos antes sobre “desahuciar a la familia Botín” en la letra de ‘Cómo hacer crac’, Siniestro Total propuso “asaltar el Banco Santander” en una estrofa de ‘La paz mundial’. Además de sus composiciones más recientes, como ‘Chico de ayer’, la banda liderada por Julián Hernández no escatimó sus clásicos, entre los que destacaron ‘Miña terra galega’, ‘Bailaré sobre tu tumba’, ‘Diga qué le debo’ o ‘Somos Siniestro Total’.

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No debe ser fácil salir a actuar detrás de semejante colección de hits, pero La Maravillosa Orquesta del Alcohol está en un momento dulce y sus siete miembros son conscientes de ello. Con sólo dos discos en el mercado los de Burgos se han convertido en una de las sensaciones del momento. ¿Su secreto? Unas canciones llenas de colores que defienden derrochando entrega y entusiasmo. Inevitablemente, el público acaba contagiado por su propuesta y haciendo suyas las melodías de ‘Miles Davis’ o ‘PRMVR’, que fue especialmente bien recibida por sus estrofas en euskera.

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Y a las tres en punto de la madrugada la oscuridad cayó definitivamente dentro y fuera del pabellón número 3 de Ficoba. Era el turno de El columpio Asesino, un grupo acostumbrado a cerrar festivales. No en vano la temática de muchas de sus canciones gira en torno a la noche y a todo lo que ésta acarrea: adicciones, violencia, sensualidad… No es el suyo, desde luego, un discurso amable; tampoco los tiempos que corren lo son. Sin embargo, eso no impidió que el público cantase y bailase al son de “Babel”, “Your man is dead” o “Entre cactus y azulejos”.

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Fue el cierre de una larga y fructífera jornada musical. Haciendo balance, el resultado que arroja esta última edición del Irún Rock Festival es altamente positivo: por el recinto en el que se celebra (con dos largas barras en las que los precios eran asequibles y que en todo momento estuvieron bien atendidas, lo que hizo que en ningún momento se formaron colas), por el buen hacer de la organización y la amabilidad del personal que allí trabajó, y sobre todo, por la calidad de las bandas. Si hubiese que poner un pero, ese sería el tiempo que hubo que esperar entre grupo y grupo, que rondó los cuarenta minutos, y que deberían intentar reducir en futuras ediciones. En cualquier caso, ese pequeño lunar no empañó la magnífica sensación que dejó el festival, que un año más llenó Irún de buena música.