Dicen que la piel de gallina es algo que no podemos controlar, que el vello se nos eriza inesperadamente cuando sufrimos una piloerección ante elementos externos (el clima, ya saben) o el alboroto adrenalínico. Lo que sí que podemos controlar son las lágrimas, y eso hicimos algunos durante los minutos iniciales de la cuarta actuación de Sufjan Stevens en Barcelona o cuando sonó, casi en el ecuador del concierto, la emocionante y mutada “Fourth Of July”. Cuando las luces de la sala se cerraron y las proyecciones iluminaron tímidamente y con una clase sorprendente la escena, escuchamos como empezaban a sonar las primeras notas de “Redford (For Yia-Tia & Pappou)” de “Michigan” y no hacía falta más para esa piloerección de la que les hablaba al principio. Se iniciaba uno de los momentos más preciosos que algunos estábamos deseando vivir y, por suerte vivimos, los que marcaron “Death With Dignity”, la inconmensuble “Should Have Know Better” y “Drawn To The Blood”. Stevens cambiaba el orden de las canciones de “Carrie & Lowell” a su antojo, pero mantenía la magia del repertorio: Lo hizo junto a una banda perfecta, que sonó con una sutilidad y una precisión encomiables. Pero, en un momento que soy incapaz de identificar, algo falló. Stevens, quizás demasiado protegido tras una gran coraza (interpretar unas canciones con el peso personal y emocional de estas frente a casi tres mil personas no debe ser tarea fácil), no se metió en nuestros corazones como me hubiera gustado. Las lágrimas contenidas dejaron paso a algo distinto y no volvieron. Diría que la perfecta ejecución y el sonido cristalino eclipsaron la emoción pura. La cara más humana del estadounidense brilló con majestuosidad, pero tuvo algo de estrella fugaz. No la pudimos atrapar o estaba ya muy lejos cuando nosotros pensábamos que podríamos sentir su verdadero calor.

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Como les decía, Sufjan Stevens se convirtió, en algún momento que no soy capaz de precisar (insisto), en el mejor intérprete de Sufjan Stevens posible, pero no en el mejor Sufjan Stevens. O quizás sea solamente mi sensación, pero ya saben ustedes que, en cuestiones musicales, las sensaciones son lo fundamental.

Es posible que la razón sea que “Carrie & Lowell” no es en realidad un disco para vivir más allá de nuestros dormitorios, sí, quizás sea eso. Porque el concierto de Sufjan Stevens fue perfecto en muchos sentidos, cuidado al detalle, impecable, pero falto de un plus de humanidad. No me malinterpreten, pero tengo la sensación de que Stevens debería haber contado con nosotros, con su público, mucho antes de lo que lo hizo. El artista quiso elevarnos a los cielos con un repertorio que, sin duda, está entre los más emotivos que un servidor haya escuchado en mucho tiempo, pero empezó a subir, a subir y a subir hasta que se paso de frenada y nos llevó al espacio interestelar con una parte de set de auténtico espíritu sinfónico con el que él y su banda huyeron hacia universos en los que ya no contaban con nosotros. Cuando convirtieron la preciosa “Vesuvius” en una orgía galáctica empezaron a perdernos con cada nota. Consciente quizás de la complicación de hilar el repertorio escogido, el americano desplazó “Blue Bucket Of Gold” unos minutos más tarde, pero ya no fue el momento. Y volvió a ocurrir. En los quince minutos finales del bloque principal de su concierto los seis músicos volvieron a irse a universos muy lejanos del lugar en el que nosotros estábamos presenciando el concierto. Se extendieron y se extendieron sin ser mantener el pulso épico de unos Sigur Rós.

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Tuvimos que esperar unos minutos hasta que la banda volvió a aparecer en el escenario para encontrarnos con un artista cercano capaz de agradecerle la atención a su público. Stevens nos dijo que estaba encantado de compartir su música con nosotros, pero quizás eso fue lo que le faltó a su cuarta actuación en Barcelona, tener a su público más presente y hacerle partícipe de unas canciones que nos han tocado muy adentro. Si así hubiese sido, los seis cortes que compusieron el bis nos hubieran llevado a la extenuación tal y como los interpretaron, sin artificios, sin otro show escénico que unas luces blancas. Dificilmente podría haber elegido mejores canciones para cerrar su show que “John Wayne Gacy, Jr.”, “Casimir Pulaski Day” o “Chicago”, pero el éxtasis ya no iba a llegar como colofón del concierto.

También es posible que el imborrable recuerdo que la anterior actuación de Stevens en el mismo escenario afectase nuestras expectativas. Porque aquel ya lejano concierto multicolor nos hizo quererle un poco más, pero también pedirle a sus actuaciones mucho más. El mejor disco del año merecía el mejor concierto del año, y aunque por momentos fue fantástico, se quedó a un trecho de serlo.

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