Hacer música hoy en día, cuando tus ingresos han quedado prácticamente reducidos a lo que sacas en las giras, se ha convertido en algo muy esclavo. La maquinaria debe estar siempre en funcionamiento y son muy pocos los que llenan su granero lo suficiente para tomarse un respiro, y mirar con cierta perspectiva artística el siguiente paso a dar en forma de disco.

Esos signos de agotamiento se empezaban a vislumbrar por primera vez en el último trabajo de Standstill. Un disco que no contenía ese salto cualitativo hacia el abismo, ejecutado siempre sin red, al que nos tenían mal acostumbrados. Si a eso le añadimos el esfuerzo económico que representó su posterior puesta en escena y que dicho desembolso no se vio siempre correspondido, nos encotramos que la banda volvía, tras muchos años de carretera, a vivir en el fastidioso alambre de la precariedad. Un círculo vicioso del que resulta complicado escapar a no ser que tomes decisiones valientes o arrojes la toalla. No quiero decir con esto que dejarlo correr sea de cobardes, más bien al contrario, pero las despedidas siempre son amargas y la de ayer en la sala Apolo de Barcelona no fue una excepción.

Saber que no vamos a volver a disfrutar sobre las tablas de una banda tan experimentada, sólida y engrasada como Standstill duele. Asimilar que no vamos a escuchar de nuevo canciones que han formado parte de nuestra historia personal como “¿Por qué me llamas a estas horas?” o “La mirada de los mil metros” se torna complicado. Por todo ello el de ayer fue un bolo extraño. Un concierto en el que se combinaban muchas emociones, tanto en la platea como sobre las tablas, lo cual no impidió que ese grupo de profesionales, de currantes de la música que son, diera la mejor versión de ellos mismos en un bolo impecable y muy sobrio. Y  más si tenemos en cuenta que era el penúltimo de su vida como Standstill (este sábado es el punto y final definitivo).

Un concierto que, como no podía ser de otra forma tratándose de una despedida, no se olvidó tampoco de la primera etapa de la banda, la puramente hardcore. Se rescató para los más nostálgicos y talluditos del local temas agresivos como “Always Late” o incluso un “Two Minutes Song” que arrancó en Enric la sincera confesión de que ya estaban mayores para dejarse la piel sobre el escenario, de la misma forma en que lo hacían en la época de “The Ionic Spell” (2001). Para los que en su día pudimos comprobar de primera mano la energía “screamo” que desprendían en aquella época, fue un bonito viaje en el tunel del tiempo, aunque estuviera limitado a un set de cinco canciones de la época, y la explosión de energia careciera de la fuerza de los veintipocos.

Llegados a este punto, solo quedaba el último tramo del largo adiós. Un último trago que se deslizó en un santiamen por nuestras gargantas y que nos brindó una profética “Que no acabe el día” y esa maravilla que es “1,2,3 Sol”. Tras “Canción sin fin”, llegó el turno de la última pieza, un “Adelante Bonaparte” que nos dejó a todos los presentes con la sensación de punto y aparte, resistiéndonos al final y con la certeza de que Enric Montefusco se reinventará en el futuro para ofrecer una renovada versión de si mismo. Es lo que tiene ser un culo inquieto de lo creativo. Así que solo me cabe añadir: Adelante Bonaparte.