Mercromina dice adiós con la boca pequeña, casi porque parece que es lo que toca, o porque es algo que ya hicieron alguna vez. ¡Qué sobredosis de amor!. Tocando como nunca, o tocando como siempre. Y esta vez parece que sí, que hasta aquí han llegado. Es 2015, y tiene sentido, pero te das cuenta de que hay pocos grupos nacionales a los que estos Mercromina de retirada, cansados y felices, no puedan aguantar la mirada. Y te preguntas por qué dice hasta siempre uno de los nombres más representativos en la memoria de esa generación que se crio sentimentalmente en la escena musical de los noventa. Joaquín Pascual se guarda los motivos. O los comenta en sus círculos cercanos como queriendo convencerse a sí mismo durante las cervezas de después de recoger. En esos momentos en los que más difícil resulta aceptar que así son las cosas. Porque lo que agarra el corazón, la magia de crear algo grande sobre un escenario, notar el brillo en las miradas de las primeras filas, los coros y los saltos, la intensidad, la caricia y la explosión, la liberación colectiva, subir todos los pisos para tirarse desde la azotea, los gritos para un segundo bis, la gratitud sincera, todo eso ha vuelto a suceder.

A veces se celebran momentos, a veces se celebra toda una vida. Y en una de las últimas noches benignas que nos dejaba este primer otoño de la capital, la atmósfera de la sala hacía notar que nos encontrábamos en una celebración doble. Se acerca un largo invierno. Vendrán más veranos, más grupos, más conciertos, y vendrán canciones inolvidables, relaciones maravillosamente desastrosas, mil dolores pequeños, más motivos para la emoción. Todos esperamos vivirlo, incluso aquellos a los que nos ha costado mucho volver a ser jóvenes, sobre todo nosotros. Sí, la vida continuará siempre, otro motivo de celebración, y entre canción y canción Joaquín Pascual se expresa poco con las palabras, pero su cuerpo grita por él. Lo mismo les sucede a Carlos Sánchez (guitarra), José Manuel Mora (bajo), Carlos Cuevas (batería) y Enrique Borrajero (teclados). Se miran, sonríen, disfrutan despidiéndose de lo que han construido juntos. En un momento Pascual recuerda los comienzos de la banda y arranca “Ciencia Ficción” lanzando un agradecimiento, tan escueto como real, a la gente que les ha seguido durante todos estos años. Entre bromas recuerda los tiempos, hace ya más de veinte años, en los que en un local cualquiera de Albacete el grupo se reunía para tocar y tratar de encontrar un sonido que se pareciese a los grupos “sinfónicos” que tanto les gustaban. Se suceden títulos innegociables como “Cacharros de cocina”, “Entrevista a un abducido”, “Fotos en la niebla”, la siempre efectiva “Evolution” o una exquisita “Vals de ballenas”. También hay momento para las colaboraciones, con Rodrigo Caamaño, de Triángulo de Amor Bizarro, Rafa Caballero o la entrañable aparición de Raúl Santos a los pads electronicos en “Pájaros” y, de manera improvisada por petición a la carrera de ese batería inmisericorde que es Carlos Cuevas, en una alucinógena “Chaqueta de pana”. Al final, Ángela, hija de Pascual, sube a cantar “En un mundo tan pequeño”, certificando que la noche va de reunión familiar, de adioses y de nuevos comienzos. Decir que el concierto fue fabuloso, con una emoción visual, una entrega y una riqueza sónica peligrosas para el equilibrio, cualidades lamentablemente poco comunes en este mundo actual de la autocomplacencia y la ironía, casi es lo de menos. Pero hay que decirlo. En fin, gracias, Mercromina. Nadie quiere que termine lo que termina bien. Aunque, si tiene que ser, está bien que sea así.