La Lata de Bombillas cumplió quince años como bar y sala de conciertos el pasado mes de septiembre, periodo durante el cual se ha convertido en incuestionable y necesario referente zaragozano para la música en directo. Para celebrar tan señalado aniversario su responsable programó 15 Fest., evento de personalidad elegante y atractiva ubicado en un espacio tan adecuado para este tipo de saraos como Las Armas.

Los locales Calavera, que acaban de publicar su segundo mini LP “El Monte del Perdón” (Doma Clásica, Gran Sol, 15), inauguraron la jornada del viernes demostrando por qué son uno de esos secretos a voces latentes en la ciudad. Lo suyo apunta siempre a una marcada emotividad que cala hondo a través de la fidelidad y emoción que destilan sus cuidadísimas canciones desde el escenario.

El relevó fue tomado por Bigott, que el año pasado recuperó su mejor nivel con “Pavement Tree” (Gelmar, 14), un trabajo grabado junto al californiano Jeremy Jay. El resultado de tal fusión resulta ahora extendido al directo y, además de a composiciones recientes, también afecta a los clásicos del repertorio. Es por eso que el cuarteto liderado por Borja Laudo se decantó por una ejecución más oscura, austera e introspectiva de lo habitual, con el sugestivo aroma del crooner clásico de fondo. El aragonés demostró su talento a la hora de reinventarse a sí mismo, sin perder de vista el distintivo propio que siempre le ha diferenciado.

Una de las sorpresas de la noche fue la presencia no anunciada de El Brindador, quien desde la ventana superior del local ejerció de cara al patio exterior para el público que cogía aire. Un pequeño set acústico donde el francés afincado en la ciudad demostró su consabida clase con forma de folk.

Tras él esperaba el plato fuerte del festival con la presencia de Luna, en lo que significa el regreso a las tablas de una de las bandas más elegantes y personales surgidas en la escena norteamericana de los 90. La actuación del cuarteto superó las de por sí enormes expectativas previas, con la precisión y distinción interpretativa de Dean Wareham, Sean Eden, Britta Phillips y Lee Wall brillando a la hora de ejecutar una deliciosa selección de piezas. El combo firmó un concierto de emotividad inmutable donde cada canción resulta una experiencia en sí misma, capaz de mecer al oyente entre sensaciones atmosféricas de puro hipnotismo. El suyo es un retorno por todo lo alto, que no sólo deja la leyenda intacta sino que incluso la agranda.

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Difícil lo tenían los británicos Flowers -teloneros oficiales de Luna en su gira española- después de tal demostración de clase y poder. Además el trío tuvo que defender las canciones de su debut, “Do What You Want To, It’s What You Should Do” (Fortuna Pop, 14), en un horario poco favorecedor para las lúgubres cualidades de una propuesta a medio camino entre The XX, Mazzy Star y Slowdive. A pesar de evidentes virtudes y buenas maneras, la formación se mostró ligeramente verde y por momentos superada por circunstancias desfavorables, como el creciente desinterés por parte de algunos de los presentes.

La programación del sábado comenzaba a primera hora de la tarde con la actuación gratuita de una serie de bandas ubicadas en el escenario exterior del recinto. Así Capitán Sunrise y Reina Republicana cumplieron en su función de aperitivo, los primeros con su pop edulcorado e intrascendente y los segundos con una propuesta de bastante más chicha pero algo repetitiva entre sus propios parámetros.

Por su parte los psicodélicos My Expansive Awareness perpetraron una interpretación tremendamente sólida, en la que probaron solvencia y talento tirando de un primer disco homónimo plagado de excelentes canciones. Con poco más de un año de vida, el quinteto es uno de los grupos con mayor proyección de la capital aragonesa y sus posibilidades se antojan muy serias.

Ya en el escenario principal, Martin Carr (otrora guitarrista y principal artífice de The Boo Radleys) presentó su renacer definitivo, con un disco tan preciosista y acertado como “The Breaks” (Tapete, 14) bajo el brazo. Acompañado de una solvente banda y a pesar de cierta limitación vocal, el escocés dejó inequívoca muestra de su madurez creativa hasta inundar la sala con la luminosidad de unas melodías supremas, en un concierto siempre creciente.

La relación de Tachenko con La Lata de Bombillas trasciende cualquier frontera establecida, y ese sentimiento motivó el que a la postre resultó el concierto más festivo de todo el fin de semana. El quinteto fue una apisonadora desde el primer instante, presentando un sonido enérgico y espectacular que, al contacto con su ya amplia lista de gemas pop, derivó en descomunal celebración masiva. Con “El Comportamiento Privado” (Limbo Starr, 15) previsto para el próximo otoño, los aragoneses demostraron encontrarse en mejor forma que nunca sobre un escenario, en lo que fue una conquista sin excepciones.

Tras ellos llegaba el turno de otra apuesta segura como es la de Neuman, definitivamente desatados tras llenar aforos de medio país. En esta ocasión el grupo liderado por Paco Román sacrificó la habitual nitidez de su sonido para apostar por mayores dosis de agresividad, distorsión y volumen, además de seleccionar un repertorio complejo con escasas concesiones populistas. El resultado fue una extraña sensación agridulce dado el intachable historial de los murcianos, concretado en un concierto notable que, sin embargo, pareció no conectar definitivamente con un público molestamente parlanchín.

Triángulo de Amor Bizarro fueron los encargados de echar el cierre, y los gallegos parecen haber desterrado definitivamente aquella obsesión que durante un tiempo les inducía a subir volumen hasta un nivel enfermizo capaz de mermar el valor de su música. El cuarteto ofreció así un buen concierto, tirando de repertorio y con la intensidad y el nervio que el momento reclamaba.

Fue el remate a un festival de incuestionable calidad y gran ambiente, que también contó con la presencia de dj’s y se saldó con éxito de asistencia y desborde de emociones. Son las sensaciones sugeridas por un establecimiento que ha lucido como tótem cultural de Zaragoza durante década y media de existencia. Larga vida.