La orquesta de Nacho Mastretta volvía a la ciudad que le vio crecer para poner el broche final al ciclo Raqueros del Jazz organizado por el Pub Rvbicon, y también a las fiestas de la Calle del Sol. El caso es que el escenario colocado a pie de calle atrajo a una gran cantidad de gente de todas las edades. Porque uno de los grandes méritos de Mastretta está en conseguir que una propuesta tan compleja como la suya termine por sonar sencilla y accesible para todos. Estos siete artistas recrean sus canciones como si fueran juguetes sin instrucciones a los que se les pueden sacar tantos usos como permita la imaginación. Su sonido parte del jazz, aunque finalmente suene ajeno a las convenciones, como si su música proviniera de un lugar fuera del tiempo, que posiblemente sea ese Reino de Veriveri que da título a su último álbum. Es una música evocadora, que no necesita de muchas palabras para ser disfrutada: solo pusieron letra a “El último hombre del planeta”, ya en los bises. Tampoco estuvo Nacho especialmente hablador entre canciones; pero, ¿quién necesita palabras cuando, cual flautista de Hamelín, basta con el sonido de su clarinete para poner a toda la calle a cantar “Somos de Santander y aquí no hay más que hablar”? También fue un concierto en el que las emociones estuvieron a flor de piel, con un público repleto de viejos amigos y familiares de Nacho y hasta seguidores de su carrera desde los tiempos de Las manos de Orlac. Todo esto mantuvo a los espectadores en un mundo de ensueño ajeno a la realidad. Incluso ajenos a que mientras la música sonaba la selección había ganado el europeo de baloncesto. Y eso tiene mucho mérito, señores. Solo se me ocurre una detalle negativo: que Mastretta no se deje ver con demasiada frecuencia por estos lares. Hacía ya dos años desde su anterior actuación en Cantabria, y eso es demasiado tiempo. Aunque, servida en pequeñas dosis, su música se convierte en algo si cabe más especial, que se disfruta con mayor deleite.

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