Hay grupos que nacen bendecidos; a otros, en cambio, les cuesta lo suyo asomar la cabeza para poder llegar a un público más amplio. Challenger es de estos últimos. Llevan años trabajándoselo, incluso parecía que con “Ümelsion”, publicado con BCore en 2010, su suerte iba a cambiar. Tiempo después, las cosas siguen más o menos en el mismo punto, con nuevo disco bajo el brazo, “Agh!” (autoeditado, disponible en descarga gratuita a través de Bandcamp), aunque en realidad algo sí ha cambiado: la base rítmica suena más potente que nunca y las armonías resultan más trabajadas, mejorando una propuesta que se mueve entre el punk y el hardcore melódico, manteniendo a Descendents como uno de sus referentes más claros. Lo pudimos comprobar a principios de año cuando abrieron para Redd Kross y también ahora, en una media hora sobrada de velocidad y actitud.

Después llegaría la performance de Edu Pou y Pau Rodríguez, que entraron bajando las escaleras del Independance Club y haciéndose un hueco entre el público (tampoco éramos muchos, dicho sea de paso) para alcanzar el escenario a ritmo de trompeta y percusión. Su cacharrería aparecía presidida por un cómic de “Secret Wars”, lo que sólo podía ser una buena señal; los superhéroes de “Megaflow” o el más reciente “Wanananai” se pusieron la misma camiseta por la mañana, perdieron el AVE en la estación de Barcelona y, ya metidos en harina, se encontraron con que fallaba un cable, solventando el problema gracias a la ayuda de los propios Challenger.

Frente a una legión de conciertos milimetrados, lo de Za! es siempre una apología de lo inesperado, una anomalía necesaria; es en directo cuando mejor funciona su collage de géneros: free jazz, metal, rock experimental, tropicalismo, electrónica, funk y lo que sea. Voces vocoderizadas, ese “Súbeme el monitor” que se revela como la más controlada de las improvisaciones (o al revés), un solo tremendo de batería, salvajismo, movimientos a cámara lenta, maracas y trepidación. Un pogo extraño, quebrado, inconexo, pero divertido a más no poder. Y para tomárselo muy en serio: ahí está el baile despiadado en “Gacela verde”, el expresionismo de “PachaMadreTierraWah” o la brutalidad con que ejecutan “Gran Muralla China”. No hay tregua y sí sudor; ganas de más. Fiesta total con “Calonge Terrassa Kalon-jah tewra-ssah”. Putin no lo sabe, pero ésta es la banda sonora para anexionarse Crimea en el renacimiento de la Guerra Fría. Es un triunfo del derecho a decidir, de las consultas populares, de la independencia: es música que, al menos durante una hora, nos hace un poco más libres. Por aplastante mayoría.