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El 70 aniversario del ataque estadounidense a Hiroshima se ha saldado con un bombardeo de documentales y reportajes sobre aquellos hechos históricos y el recuerdo de los supervivientes. Como ocurre con prácticamente todo lo relativo a la II Guerra Mundial aquella es una generación que se encuentra a punto de borrarse de la faz de la tierra y cuyos testimonios por diferentes motivos no siempre han llegado a ver la luz, así que bienvenida sea esa revisión histórica. Aunque en el caso concreto de las masacres de Hiroshima y Nagasaki, los intereses norteamericanos y japonés (del sector oficialista del país, por supuesto) todavía imposibilita conocer en profundidad la realidad de un horror que se prolongó mucho más allá de los bombardeos: los supervivientes tuvieron durante muchos años nuevas causas de sufrimiento, convertidos en conejillos de indias de los científicos norteamericanos y rechazados como monstruos por sus propios compatriotas.

Todo esto hace especialmente valiosos los testimonios de quienes sufrieron en primera persona las consecuencias del lanzamiento de las bombas atómicas. Uno de los primeros en ofrecer el suyo sin contemplaciones fue Keiji Nakazawa, que tenía seis años en el momento del desastre y perdió en Hiroshima a toda su familia con excepción de su madre. Su vida inevitablemente quedó ligada a la traumática experiencia y así el grueso de su obra gira cobre el ataque a su ciudad, enfocado desde diferentes puntos de vista. “Pies descalzos” es en ese sentido la obra definitiva de Nakazawa, aproximadamente 3.000 páginas en la que se trata sin contemplaciones y desde la perspectiva de esa suerte de alter ego que es Gen, el antes, durante y después del ataque norteamericano. Aunque más que la historia de un niño, “Pies descalzos” lo sería de una ciudad y casi el de un país condenado al desastre y empeñado posteriormente en volver a ponerse de pie.

Tampoco se anda con miramientos Nakazawa a la hora de describir la crueldad sin límites de los mandos militares y políticos japoneses, responsables de tantas o más muertes entre la población civil japonesa que las armas de los norteamericanos. En sus primeras páginas “Pies descalzos” describe la brutalidad de una sociedad en la que hasta los niños defienden su derecho a la vida a mordiscos. Tal y como apunta Art Spiegelman en el prólogo del primer volumen (el cuarto y último llegará en febrero de 2016) resulta chocante desde nuestra perspectiva de ciudadano del siglo XXI el nivel de violencia que rodea todos los aspectos de los personajes, hasta en los arrebatos de ira del amoroso padre de familia que se mete en líos serios por defender rotundamente su opción pacifista y anti-imperialista.

Posiblemente nunca llegaremos a saber con todo tipo de detalles qué fue lo que ocurrió no ya en Hiroshima, sino a muchos miles de kms de allí para decidir cercenar la vida de miles de personas. Es más, parece que en los últimos tiempos hasta el pacífico pueblo japonés (o más bien sus gobernantes, siempre los malditos gobernantes…) haya olvidado la terrible enseñanza que cayó del cielo un 2 de agosto de 1945, tal y como apuntan los anuncios de inminente militarización del país. En cualquier caso lecturas como “Pies descalzos”, tocada por la característica habilidad narrativa del manga clásico, siempre ayudarán a recolocar nuestro mapa histórico y ético, algo que ante tanta confusión como nos rodea parece vez más necesario.

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