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“La decadencia es, en España, un concepto corriente, nacional, un cliché, una divisa oficial. La nación que, en el siglo XVI, ofrecía al mundo un espectáculo de magnificencia y de locura, hela ahí reducida a codificar su abotargamiento. Si hubieran tenido tiempo, sin duda los últimos romanos, no hubieran actuado de otra forma; no pudieron remachar su fin: los bárbaros se cernían ya sobre ellos. Más afortunados, los españoles tuvieron plazo suficiente (¡tres siglos!) para pensar en sus miserias y empaparse de ellas”. Émile M. Cioran, el autor de estas palabras, es posiblemente el tipo que desde un punto de vista externo mejor ha retratado a España y los españoles. Y en su análisis revela dos elementos claves: nuestra decadencia como sociedad y una tendencia casi inevitable a hacer de ella el centro de nuestra existencia, las más de las veces tirando un humor negrísimo y bastante poco autocompasivo. Una tendencia autodestructiva que explica muchas de las cosas que están pasando, desde la histeria nacionalista a la decadencia parlamentaria, pero que en manos de los artistas-bufones nos lleva dando grandes momentos humorísticos, al menos desde el que esto escribe tiene uso de razón. Momento que más o menos viene a coincidir con la primera vez que cayó en mis manos un ejemplar del mítico y ya desaparecido Monografico, con el zaragozano Furillo como uno de sus arietes más impertinentes.

Mucho han cambiado las cosas desde entonces. La aparición de una pequeña revistilla gratuita de cómic facturada en Burgos o la capacidad de autores como el propio Furillo, Alcázar o Martín para escandalizar se recuerda con una media sonrisa y, no nos engañemos, algo de añoranza. Sin embargo la mayor parte de aquellos autores (y otros como Néstor F. o Joan Cornenellá que se les han unido) continúan inasequibles su misión por dinamitar lo políticamente correcto y situar al cómic al margen de los márgenes. Un privilegio que sólo está al alcance de disciplinas artísticas decididamente minoritarias, o cuanto menos lo suficiente escondidas como para pasar inadvertidas a los Torquemadas mediáticos.

“Nosotros llegamos primero” se alimenta de ese concepto de Una, Grande y Libre que, a tenor de lo que muestran algunas cadenas de TV públicas y otras privadas como 13TV o Intereconomía, sigue siendo el catecismo de un porcentaje demasiado grande de españoles. Furillo tira de apropiación indebida y convierte esa España siniestra y casposa en una delirante astracanada con formato de novela gráfica que deja corto al ya famoso “Salvados” que imaginaba un 23F organizado por Jose Luis Garci. En su relato los españoles, en plena dictadura franquista, competimos con rusos y norteamericanos en la carrera por ser los primeros en llegar a la Luna, y entre visitas al prostíbulo, borracheras antológicas y alguna que otra concesión a la improvisación, pondremos toda la carne en el asador para conseguirlo. Una excusa argumental para, a partir de una estética totalmente undergound, llevar unos cuantos pasos más allá lo que Santiago Segura propone con Torrente: cuando éste se tira un pedo, a un personaje de Furillo le desgarran el ojete; donde aparecen unas tetillas aquí tenemos pechos XXL y pollas en ristre; Torrente patrulla las calles de Madrid mientras que el Coronel Roberto Buitrago aspira a conquistar la Luna. En lo que es un ejemplo perfecto de todo eso de lo que hablaba Cioran, llevado al terreno de un cómic de esos que no se pueden coger con las manos desnudas. Que la tapa dura y lo lujoso de la edición no os engañe…