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Segundo volumen de las aventuras de la bruja Megg, su gato Mogg y el compañero de piso de ambos y también el objeto de su crueldad, Búho. Estamos ante la más inteligente serie del cómic underground de la actualidad, la nueva obra del enfant terrible del cómic australiano Simon Hanselmann, personaje a la altura de sus creaciones del que tal vez lo menos interesante que puede decirse es que sus apariciones en público las hace travestido y convertido en una suerte de versión humanizada de su personaje principal, Megg. Y a partir de ahí ya no queda del todo claro cuándo termina la realidad y dónde empieza el mito…

La lectura de “Bahía de San Búho” se puede disfrutar de diferentes maneras. La serie tiene un algo de sitcom macarra, un poco a la manera de aquellas creaciones de la BBC2 como “The Young Ones” o incluso la también australiana “Deja la sangre correr”, que en los 80 sacudieron la televisión con su frescura underground. Es el divertimento gamberro, construido a partir de chistes sobre sexo chungo, resacas sin fin y jóvenes sin oficio ni beneficio cuya principal ocupación es ponerse hasta las cejas. El que en vez de post-adolescentes con acné se presenten como los personajes de una fábula Disney no hace más que acrecentar lo delirante del asunto.

Pero el día a día de este cómico y desastroso trío, capaz de pasar en cuestión de segundos de la profunda depresión al entusiasmo fiestero, también tiene un algo de llamada de auxilio. Más allá del evidente retrato generacional, hay una tristeza que late en lo profundo de las historias de Hanselmann y más concretamente en esa suerte de alter ego que es la brujita Megg. Una dualidad que queda perfectamente representada en la ilustración de portada donde Megg se convierte en la Ofelia de Johnn Everett Millais, y en la que al mismo tiempo convive lo irreverente con lo romántico.